Era una de las últimas noches de verano. Una humilde banda de rock luchaba por su sueño sobre un pequeño escenario mientras la gente, guiada por la música que flotaba en el aire, se iba sentando en el césped de su alrededor disfrutando de las fiestas de la ciudad.

El eco de las palabras que mi amigo me había dicho hace tan solo media hora aún resonaba en mis oídos:

“Tranquilo yo controlo, cuando mi cuerpo cree que he bebido demasiado lo noto y automáticamente paro”.

Ahora se encontraba tumbado en el césped a medio metro mío, durmiendo la mona.

Llevaba unos diez minutos escuchando la música, y comprobando de vez en cuando si la bella durmiente todavía respiraba, cuando se acercaron unas chicas y se sentaron a nuestro lado:

—Bla bla bla, ¿tu amigo está bien?

—Seguro que sobrevive.

—Jijiji bla bla bla—y demás conversación de nulo interés.

Ahí estaba yo, acompañado por un cuerpo en posición horizontal y por unas chicas con las que unos minutos de conversación, me bastaron para comprender que su talento más destacable era haber sido bendecidas con unas grandes tetas.

Perdí mi mirada entre la gente y entonces la vi. Tenía esa sonrisa capaz de iluminar un vagón de metro gris y rutinario o simplemente ayudarte a sobrevivir a una mañana de lunes si despertabas junto a ella. Increíblemente guapa, bañada de una belleza no de “me la follaba” sino de “escapémonos juntos cariño”. Y ese halo que desprenden algunas mujeres, que desde lejos sabes que será inteligente y que su perfume borrará todas tus caras de tipo duro.

Miró hacia donde yo estaba sentado y la saludé sonriendo, ella intentó acordarse de mi cara y al ver que no me conocía, me devolvió el saludo y la sonrisa. Qué preciosidad. Una de mis acompañantes se percató y me dijo:

—Estuve con ella hace unos años en un grupo de teatro, si quieres la digo que venga un rato con nosotras y aprovechas para conocerla.

Estaba a punto de decirla que aceptaba a regañadientes, mientras la gratitud me embargaba cuando lo comprendí. Hasta ese momento era perfecta y mi opinión sobre ella solo podía ir a peor. Prefería quedarme con su recuerdo idealizado y convertirla en mi compañera de viaje en otra lucha más contra la página en blanco. Hacerla inmortal.

Estés donde estés y seas quien seas, gracias.