Madrid no tiene playa,
pero en mi cada guardo
olas
de lágrimas saladas
y adioses
que se perdieron en el tiempo
como arena entre los dedos.

Ella desfila en bragas por el pasillo
y los espejos se derriten
antes que los hielos del cubata.

La cojo de la mano
y nos sumergimos
en el oleaje de la cama,
en la marea de sus caderas.
Mojamos las sábanas blancas
y las cambiamos
por la bandera pirata.

El sol empieza a ponerse
y nosotros queremos flotar como él,
porque nos gusta liarnos
los papeles
después de perderlos.

Encendemos el humo acondicionado,
le damos caladas
y nos sentimos calados
hasta los besos,
de nubes que bucean
en el cielo de nuestras bocas.

El segundo baño
es en la ducha,
donde le quito el salitre
y las palabras que arañan
como “salir” o “irte”.

No tiro la toalla,
porque quién quiere tumbarse en la playa
si te puedes tumbar con ella.