Podrías escribirme algo
me dijo mientras acariciaba la vieja guitarra
que compré cuando todavía tenía sueños
y que nunca llegué a tocar.
Vestía la camisa que hace unas horas
llevaba puesta yo,
y la conjuntaba con su eterna sonrisa
de niña buena.
Esa que ponía al hablar con mi hermana pequeña
o al atarme a la cama.


Y sí,
por una vez era afortunado
de tener la culpa de algo.
La culpa de que solo llevase puesta mi camisa,
o de que el rojo de sus labios
estuviese hoy un poco desgastado.
Aunque daba gracias de que su rímel permaneciese intacto,
porque… ya sabes,
tengo especial habilidad para convertir unos ojos bonitos
en dos ríos de tinta negra que desembocan en las mejillas.
Así que hoy me encantaría regalarle
algunas palabras tatuadas en papel,
que pudiese romper en un futuro
mientras me insultaba si llegaba a hacerle daño.
Pero era difícil.

Difícil como ella,porque
¿Cómo contarle a la hoja en blanco que no brilla tanto como su sonrisa?
¿Cómo explicarle al bolígrafo que su tinta no tiene nada que hacer contra el azul de sus ojos?
¿Cómo escribir su nombre acariciando el teclado, cuando me muero por hacerlo pero en su espalda?